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UNIENDO CASUALIDADES

Cabañas de ensueños infantiles

Cabañas de ensueños infantiles Jorge se pasaba por mi casa después de comer. Nos ayudaba a recoger la mesa, mi madre nos daba algún dulce y, con el tiempo justo de dar las gracias, nos largábamos al aire libre. Si la imaginación de un niño es grande imaginaros, si podéis, la combinación de las dos. Corríamos y jugábamos por un campo de arena, otro de pastos para caballos, el bosque y la playa. Sin embargo, nescesitábamos, un espacio propio. Lo del espacio era lo de menos. De lo que estábamos orgullosos era de tener una cabaña, un espacio propio donde "poder hacer lo que nos dé la gana".

La libertad de los niños es especial. Por un lado se caracteriza por la despreocupación y ausencia de responsabilidades pero por el otro hay miedo por lo desconocido, por algunas cosas que hacen adultos, por la incomprensión de sus órdenes y peligros que ellos ven...

Lluís Armengol definía otra característica, la amargura del llanto debido a la impotencia que sentimos por lo desvalido que es un niño pequeño: He vertido colonia a la alfombra. Huele bien. Mamá se ha enfadado y me ha gritado a pocos centímetros de mi cara (su aliento no huele igual de bien). He hecho una excursión por la cocina. Me han vetado la entrada. La cocina está prohibida. He metido los dedos en la sopa. Quemaba. Me han reñido. Me he encontrado un lápiz rojo. He pintado la pared. Me han pegado. Tocaba tomarme la leche. Pero yo quería agua! He llorado. Me han dejado sin merienda. Todo está prohibido, porqué me han traído al mundo?

En la cabaña no dejábamos entrar a ningún niño sin nuestro permiso. Ese poder nos satisfacía, todos los niños nos parecían mendigos mientras nosotros nos sentíamos como los principes de un cuento que desoían las súplicas de su pueblo. El egoísmo es otro rasgo infantil. ¡Con qué esmero acondicionamos nuestra cabaña!

Una vez limpio el suelo lo cubrimos de tejas para aislarnos de la humedad de la arena cuando anochecía. Cuando el sol hechaba la primera cabezadita tras el monte, hacíamos fuego (niños, no lo hagáis en casa) con papel de periódico y encima de una parrilla, que habíamos encontrado, calentábamos agua con una flanera y, luego, nos tomábamos un te o una infusión de hierbas prestadas de la abuela de Jorge, una amable señora.

Al llegar a casa mi madre, entre gritos, me preguntaba dónde había estado hasta tan tarde y porqué olía a humo. Maldita sea, los adultos no entienden nada.

4 comentarios

Nimue y su kaos -

Cuando somos niños vemos el mundo desde una óptica totalmente distinta a cuadno crecemos...pero también es porque los mayores se preocupan mucho por sus niños y olvidan que ellos también han sido niños...
bsitos

andrea -

Me ha traido muchos recuerdos este texto :) Aunque yo creo que el egoísmo es más bien un rasgo humano que infantil :)

nada -

Es cierto lo que dices, pero es tan fácil como ponernos en su lugar. Para comprenderlo bien he tenido que ser abuela, no me importa desvelar que tengo 51 años. Espero que los demás tarden menos.
Me ha encantado el relato :),

Un beso

Marta -

El texto es tuyo, Toni? Me ha encantado. Sacas muy bien la objetividad de los niños, y la no comprensión por cosas tan elementales, que los adultos, enseguida olvidan.

Besos