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UNIENDO CASUALIDADES

El poder de la palabra (2): Ken Saro-Wiwa, la voz del delta del Níger que se alzó contra la multinacional petrolífera Shell

El 10 de noviembre de 1995 es una fecha señalada en el calendario del pueblo nigeriano por dos razones. Por un lado fue una jornada victoriosa para la selección Nigeriana que conquistó la copa Afroasiática de fútbol al vencer 1-0 a Uzbekistán. Por el otro, fue una noche trágica porque el fundador del Movimiento para la Supervivencia del Pueblo Ogoni (MOSOP en inglés), Ken Saro-Wiwa, fue ahorcado por el Gobierno del dictador Sani Abacha junto a ocho de sus compañeros.

Fue una noche que nunca olvidará su hermano. Recuerda que llamó a un periodista inglés y le comunicó que sabía por otras fuentes que habían matado a Ken. El periodista respondió que era imposible porque mandatarios como Clinton o Mandela se habían significado a favor de la causa de Ken, que estaba seriamente amenazado, y así se lo habían hecho llegar al presidente nigeriano.

Mientras hablaba con otra periodista, esta vez de Nigeria, cuenta que con el auricular enganchado al oído observaba por la ventana los coches de los aficionados al fútbol. Probó parar alguno diciéndoles que había muerto Ken Saro-Wiwa, que era muy conocido en el país, pero la gente no le hizo caso. Era sólo un escritor.

 

La causa de Ken Saro-Wiwa y sus medios para difundirla

 

Ken tuvo una muerte dolorosa. En manos de inexpertos verdugos, llegaron a colgarlo hasta cinco veces de la horca. Su ‘pecado’ había sido su lucha como activista y, entre otras acciones, haber escrito un libro: Sozaboy. El libro da una perspectiva al lector de la situación general vivida en Nigeria y de la guerra de Biafra en particular.

 

Gracias a él y a los documentales que se hicieron a partir de entonces, tenemos en nuestro imaginario la imagen de los niños con la barriga hinchada y las piernas delgadas como palillos. Él hizo llegar al mundo, a través de su libro, la historia de la guerra de Biafra que supuso la secesión de un territorio en beneficio de la explotación petrolífera en el delta del Níger. El petróleo fue el centro de su batalla literaria y política.

 

El planteamiento de Ken no perseguía ninguna utopía sino una idea de sentido común: quería que el dinero que llegaba a las grandes compañías  petrolíferas como la Shell fuese compartido con la gente que vive en esa tierra. Quería que la mitad del dinero obtenido de la explotación de sus recursos naturales se convirtiera en escuelas, universidades, teatros, estadios, edificios u hospitales.

 

Ken era muy conocido también por ser el productor y autor de la exitosa sitcom africana Basi and Company. Su idea era unir las historias en las que contaba lo que pasaba en África y vehicularlas para que llegasen a un gran público.

 

Ken asustaba al poder, sus palabras eran peligrosas aunque sólo era un escritor de artículos, libros, una persona que salía en televisión o que hacía una comedia. Por todo ello se enfrentaba al ejército más potente de África, el que invierte más en armamento. Lo paradójico es que tuvieran más miedo de él que de la oposición o de las revueltas étnicas. Pero sus historias circulaban, se hablaba de ellas en Londres, Paris, Nigeria...

 

El escritor que llevó a la multinacional Shell a los tribunales

 

La historia de Ken es actual. En mayo de 2009 la compañía petrolera angloholandesa Shell es enviada a juicio por la muerte de Ken y otros ocho intelectuales. Una multinacional contra un escritor.

 

Durante años, ONG medioambientales y organizaciones tanto de izquierdas como de derechas, intentaron procesarla por desastres ambientales pero no lo consiguieron. Parece irreal, increíble y hasta surrealista que lo consiguiera un escritor.

 

Pero sucedió, al fin, 14 años después alguien respondería por la muerte de Ken. Una abogada holandesa, Liesbeth Zegveld, se acogió a una ley americana según la cuál se puede procesar a una empresa por el hecho de operar en América sea o no americana y sea lo que sea lo que haya hecho en otros países.

 

La causa que se le imputó fue haber hecho presión al Gobierno para eliminar el principal disturbo mediático: una persona que estaba hablando a la gente a través del arma más potente de la literatura africana según palabras del mismo Ken: “la capacidad de mirar a la cara la gente y explicar historias que pueden salvar una tierra”. Finalmente la Shell evitó el juicio previo pago de 15 millones de dólares. Éste es el precio de la vida de un escritor.

 

 

 

La relación con su familia

 

El lado triste de esta historia es que detrás del Ken activista había una persona que tuvo que hacer elecciones decisivas en su vida y no siempre acertó. Lo que demuestra lo difícil que es, en ocasiones, tomar determinadas decisiones. Sería un error definir a gente como él de héroes, arcángeles mandados del destino, personas capaces de hacer sacrificios y de no equivocarse nunca. Una elección difícil como la de Ken trae satisfacciones pero también muchos problemas y conlleva pagar un precio, en su caso la familia.

 

Precisamente uno de sus hijos, que ahora reivindica su memoria, había llegado a odiar a su padre. Un día le escribe refiriéndose a la muerte del hermano pequeño que murió jugando a rugby debido a una cardiopatía congénita que tenía. Ken fue a verlo en Inglaterra -donde vivía exiliada toda su familia- pero sólo fue al funeral y les acompañó apenas un par de días. Esto dolió mucho a su hijo que necesitaba las palabras de su padre.

 

Le llega a decir: "Pero cómo has podido volver a escribir y manifestarte por Nigeria cuando aquí estamos desesperados -madre, hermanos-, te has ido cuando necesitábamos tu presencia y tus palabras”. “¿Pero qué hombre eres? Combatiente para la libertad, escritor de palabras justas,… ¿Cómo puedes irte de esta forma?”.

 

Desde la prisión, Ken le responde un día a su hijo. El hijo le escribe diciéndole que no se moverá por él para sacarlo de allí porque tiene una familia (dando a entender que él sí prioriza la seguridad de su familia, sabe bien que en su vida no quiere hacer pagar a los demás por las elecciones que hace). Pero al final su hijo le entiende hasta el fondo, le manda cartas de apoyo incondicional y de acercamiento. Consigue entender con la razón, aunque se le quedan las heridas dentro.

 

Ken sabía que su elección conllevaba heridas para sus hijos, había obligado la huida de su mujer, lo sabía y, a pesar de todo, lo hizo y tiró hacia delante porque sabía que su elección haría cambiar las cosas, al menos lo intentó.

 

Su testamento: su memoria

 

Hay un verso suyo –que escribió en la cárcel- en el que dice: “lo que me hace sufrir más no es el hambre, los golpes, el frío, el aislamiento o saber si habrá un proceso de mi causa. Lo que me hace daño es saber que todo esto no se sabrá, saber que será en vano”.

 

En este momento hablar de sus palabras, de su historia, recordar que un escritor ha hecho procesar una multinacional, tocar, mirar y oler las páginas de sus libros, compartir lo que decimos, significa salvarlo de ese miedo. Sus palabras y sus escritos siguen siendo peligrosos en la medida que hay alguien que los lee, que habla de ellos y que continua haciendo de esos libros un arma potente contra cualquier tipo de poder.

 

 

Vídeos de la intervención de Roberto Saviano en el programa Che tempo che fa

 

 

 

 

 

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