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UNIENDO CASUALIDADES

Perdido en un bosque de Áustria

Perdido en un bosque de Áustria [Picture from United Colors of BEAtton.. jeje]

Las últimas luces de un despejado día otoñal teñían el majestuoso río Danubio. Este acaudalado río no tiene un vals en su nombre por casualidad. El fluir de sus aguas era contínuo y lento, discurría con el ritmo de lo que se sabe importante y hay que respetar, danzaba y giraba envolviendo como el brazo firme de un bailarín en la cintura de su pareja. Dos traviesas golondrinas volaban rozando el agua cazando algún que otro mosquito despistado. Elegante, una estirada canoa removía suavemente el agua y a su paso la hacía murmurar. Una chica, con un remo, la impulsaba acompasadamente. En la orilla le observaba, atento, un chico.

Era joven. Morena. Una larga cabellera cubría su espalda pero su pelo rizado no impedía ver su rostro. La precisión de sus movimientos y su suavidad daban sensación de continuidad. Le miró un instante pero siguió immutable, como el río, deslizándose. A ella le pareció ver al chico pero no le dió más importancia. Le encantaba salir con su canoa desde su casa río abajo hasta el siguiente embarcadero. A ambos lados del río le gustaba observar los árboles en otoño y sentir en su rostro la brisa que subía río arriba y refrescaba el ambiente.

Al pasar veía los árboles oscilar levemente, o eso es lo que le parecía. Cerca de la orilla, los más delgados y desgarbados se inclinaban al verla pasar, hasta besar las aguas, o parecían agitar sus ramas como si la saludaran produciendo un sonido suave como si una mano invisible acariciara sus hojas, apartando las ramas para verla pasar. No se daba cuenta pero a su paso todo se detenía, pero ella sólo miraba adelante.

Otros árboles, en segunda línia, permanecían plantados con sólidas raíces, impertérritos, siempre con la misma cantidad de hojas.

El chico subió por el bosque. Pisaba una alfombra de hojas, a cada paso las hacía crujir y ellas respondían con un agradable ruido. Él no podía distinguir los árboles en su conjunto pero sí apreciar sus colores. Del verde perenne hasta el amarillo más claro o el marrón pálido de las hojas muertas pasando por las gradaciones amarillas, rojizas. Todos menos el blanco, que, como dice Beatriz(la autora del cuadro), es la suma de los colores primarios. Quiso ganar altura pero como no vió ningún árbol alto para trepar tubo que subir por la empinada colina, un bajante brusco de difícil paso. Enredaderas, barzas y bajos matorrales dificultaban su paseo. Más adelante dió con la compañía de árboles de tronco delgado y liso o grueso y rugoso.

Llegó a un camino ancho que parecía adecuarse a su objetivo: ver serpentear al río hasta perderse en un suave meandro. Poco a poco fue ganando vista. La densidad de árboles de la ribera iba quedando a un lado y hasta que llegó al punto... al punto en que se encontró con la chica de la canoa. Se le había adelantado y estaba plantada con su caballete, pintando. Al verle todo cansado, sonrió. Había un camino más directo, le comentó. El chico entre incómodo y curioso observó el cuadro con detalle (es el que estáis viendo arriba a la derecha).
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