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UNIENDO CASUALIDADES

Domingo Santo

Domingo Santo Miriam me llamó para hablar.
- ¡Oh Lodbrog! Lo he oído.
Estábamos solos y la tenía cerca mío, buscando la protección y la fuerza de mis brazos.
- Pilatos ha fallado. Lo crucificaran. Pero aun hay tiempo. Ves con tus soldados que sólo le vigilan el centurión y un puñado de hombres. Síguelos. Coge un caballo más para el.
Acabó con rodear mi cuello con sus brazos, con la cara tentadoramente a tocar de la mía, con aquellos ojos solemnes y llenos de promesas. Estuve mudo. Ya os lo había advertido: era la su feminidad, la mujer que llevaba dentro. Había olvidado la eterna lección: una mujer siempre es una mujer. En los momentos graves y decisivos las mujeres no razonan sino que sienten, su último santuario es su corazón y no el cerebro.
- Trae un caballo más, yo lo conduciré, iré contigo dondequiera que quieras ir.
Eso era un soborno, un acto mezquino. No dije nada. Era la tristeza de saber que abrazaba a quién nunca volvería a rodear con mis brazos.
- Sólo tú lo puedes salvar. Habla Lodbrog! Eres fuerte, un hombre de pies a cabeza, di sólo una palabra y se salvará y yo siempre te querré.
- Soy romano.
- ¡Un esclavo de Tiberio eres tu! pero los del norte como tu no sois romanos.
- Como el pan de Roma... y todo por un simple hombre...
- ¿ No lo entiendes? es mucho más que esto! Dios vivo, no sólo un mortal.
- Somos un hombre y una mujer. Nuestra vida pertenece a este mundo. Los otros mundos son locuras, dejemos soñar a los locos. Dejémosles, aquí estamos tu y yo… y en esta dulzura que nos hemos descubiertos seguiremos.
- ¡Toda la grandeza, bondad, gracia de Dios está en Él y tendrá una muerte vergonzosa! es Dios, es inmortal!
- ¡Entonces, si es inmortal la muerte al Gólgota no acortará su inmortalidad ni en el grosor de un pelo! - ¡Oh! Tienes la cabeza sellada, rubio del norte.
- ¿No dicen que estos sucesos se profetizaron hace ya mucho tiempo?
- Sí, sí... las profecías mesiánicas. Él es el Mesías.
- Pues quién soy yo para hacer mentirosos a los profetas.
Se escurrió de mi hasta que mis brazos estuvieron vacíos de ella.
- No me quieres – dijo.
- Te quiero más de lo que podrías sospechar y estoy orgulloso de este amor porqué para mi es muy valioso. Roma es mi madre adoptiva. De poco valdría el cariño que te tengo y este orgullo mío si la traiciono.
Se desató dentro de mi un río contenido de deseos. Corrí hacia ella y la abracé. Me habría gustado huir con Ella hacia Siria, lejos de aquella ciudad maldita. Se debatió, me pegó una bofetada a la cara pero no la dejé porqué sus golpes me parecían dulces como el azúcar.
Al fin cedió: fría e inmóvil. Sabia que aquello que agarraba no me quería. Para mi aquella carne adorable que tenia entre brazos era como muerta. Lentamente aflojé y dejé que se fuera.
Se giró, travesó la sala solitaria, y, sin volverse, corrió las cortinas y desapareció.
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3 comentarios

AZUL de Blancos -

Otro punto de vista para la Semana Santa, bien contado, se me ha hecho más ameno que el de misa.
Felices vacaciones :)

dido -

Que buen fragmento. ¿De que libro es? Un besote :)

José Puertas -

Tus palabras son muy profundas. Quizás yo también me hubiese ido a Siria. Quien sabe. Las meditaré.

Un apretón.
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